Thursday, December 18, 2025

EL PELIGRO DE SEÑALAR AL ANTICRISTO: Prudencia Bíblica y Responsabilidad Cristiana

 

Señalamientos del “anticristo”, falso testimonio y responsabilidad cristiana

Introducción

En la actualidad circulan numerosos videos, sermones y artículos en los que pastores y ministros cristianos identifican públicamente a líderes políticos, sociales o culturales como “el anticristo” o como su manifestación inmediata. Estas declaraciones, difundidas masivamente por redes sociales, suelen presentarse con un tono de urgencia apocalíptica y con escaso o nulo respaldo bíblico verificable. El propósito de este artículo es examinar si esta práctica es coherente con el testimonio del Nuevo Testamento y si, además, respeta los principios éticos fundamentales de la fe cristiana, particularmente el noveno mandamiento.


1. El uso bíblico del término “anticristo”

El término “anticristo” (ἀντίχριστος) aparece exclusivamente en las cartas del apóstol Juan. En ellas no se presenta como una figura política identificable ni como un gobernante específico del futuro inmediato, sino como una realidad espiritual y doctrinal que ya operaba en el primer siglo.

Juan afirma explícitamente:

“Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.” (1 Juan 2:18)

Más adelante añade:

“¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.” (1 Juan 2:22)

Y nuevamente:

“Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, del cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.” (1 Juan 4:3)

Estos textos muestran que el concepto bíblico de anticristo no apunta al señalamiento de individuos concretos por nombre, sino al discernimiento de doctrinas, actitudes y sistemas de pensamiento que se oponen a Cristo y a la verdad del evangelio.

2. El testimonio apostólico y la ausencia de acusaciones personales

Ni Juan ni Pablo, ni ningún otro apóstol, identificaron públicamente a gobernantes o figuras concretas como “el anticristo”. Incluso en pasajes escatológicos como 2 Tesalonicenses 2, donde Pablo menciona al “hombre de pecado”, el apóstol evita dar nombres, fechas o llamados a la persecución.

Pablo escribe:

“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición.” (2 Tesalonicenses 2:3)

Y añade que su manifestación estará acompañada de engaño:

“Con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.” (2 Tesalonicenses 2:10)

El énfasis apostólico no está en identificar personas, sino en advertir contra el engaño doctrinal y moral. Este silencio deliberado frente al señalamiento personal contrasta notablemente con la práctica moderna de algunos predicadores que atribuyen identidades apocalípticas a figuras contemporáneas sin base bíblica clara.

3. El noveno mandamiento y el problema del falso testimonio

El mandamiento “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Éxodo 20:16) no se limita al contexto judicial. En sentido amplio, prohíbe toda forma de difamación, acusación temeraria o atribución falsa que dañe la reputación de otra persona.

La Escritura advierte también:

“El testigo falso no quedará sin castigo, y el que habla mentiras no escapará.” (Proverbios 19:5)

Y nuevamente:

“El que habla verdad declara justicia; mas el testigo mentiroso, engaño.” (Proverbios 12:17)

Declarar que alguien es “el anticristo” sin evidencia bíblica clara ni confirmación objetiva constituye una forma de falso testimonio. Se le atribuye a esa persona una identidad y una intención que no han sido demostradas, lo cual vulnera un principio ético central de la ley de Dios.

4. Consecuencias reales de un lenguaje irresponsable: lecciones de la historia

A lo largo de la historia, la acusación de ser “anticristo” ha servido para justificar persecuciones, violencia e incluso asesinatos.

Durante la Edad Media, minorías religiosas fueron estigmatizadas bajo categorías demonizantes que facilitaron su persecución. Más tarde, en el contexto de la Reforma, católicos y protestantes se acusaron mutuamente de ser el anticristo. Martín Lutero identificó al papado como anticristo institucional, mientras que sectores católicos consideraron a los reformadores como agentes del anticristo.

Estas acusaciones no quedaron en el plano teológico: contribuyeron a guerras religiosas, ejecuciones y profundas divisiones sociales.

En el contexto contemporáneo, donde los mensajes se difunden instantáneamente y alcanzan audiencias masivas, el riesgo es aún mayor. Una declaración de este tipo puede ser interpretada por personas emocional o mentalmente inestables como una legitimación espiritual para la violencia.

Aunque quien hace el señalamiento no ejerza la violencia directamente, sí contribuye a crear el clima que la posibilita.

5. El contraste con el ejemplo de Jesucristo

Jesucristo denunció el pecado, la hipocresía y la injusticia, pero nunca llamó a identificar ni eliminar individuos como figuras apocalípticas.

Jesús enseñó:

“No juzguéis, para que no seáis juzgados.” (Mateo 7:1)

Y advirtió sobre el poder destructivo de las palabras:

“Pero yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.” (Mateo 12:36)

Cuando uno de sus discípulos recurrió a la violencia, Jesús respondió:

“Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.” (Mateo 26:52)

El uso del miedo, la deshumanización del adversario y la incitación indirecta al odio contradicen el espíritu del evangelio y el ejemplo del propio Cristo.

6. Psicología del miedo religioso y control espiritual

Diversos estudios en psicología de la religión han observado que el miedo es una de las emociones más eficaces para moldear conductas, especialmente cuando se combina con autoridad espiritual. El llamado “miedo religioso” surge cuando conceptos teológicos —como el juicio, el castigo o el fin del mundo— se presentan de forma desproporcionada o sensacionalista, desconectados del mensaje bíblico de esperanza y redención.

En este contexto, identificar figuras públicas como “el anticristo” puede generar un estado de ansiedad constante, hipervigilancia y dependencia del líder religioso que se presenta como intérprete exclusivo de los acontecimientos. Este mecanismo reduce el pensamiento crítico y favorece la obediencia basada en el temor más que en la convicción.

La Escritura, sin embargo, establece un principio opuesto:

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo.” (1 Juan 4:18)

Cuando el miedo se convierte en la principal herramienta pastoral, se distorsiona la fe cristiana y se sustituye la confianza en Dios por una espiritualidad de supervivencia emocional. Este enfoque no produce madurez espiritual, sino dependencia y vulnerabilidad al engaño.

7. Nota pastoral dirigida a ministros y líderes cristianos

Este artículo no pretende cuestionar la sinceridad de la fe ni el deseo de advertir al pueblo de Dios sobre el engaño espiritual. Sin embargo, sí hace un llamado fraternal y respetuoso a pastores, maestros y líderes cristianos a ejercer su ministerio con temor de Dios, prudencia y responsabilidad.

La autoridad espiritual conlleva un peso moral significativo. Las palabras pronunciadas desde un púlpito, un canal digital o una red social no son neutrales: forman conciencias, despiertan emociones y pueden influir profundamente en las decisiones de otros. Por ello, señalar públicamente a personas como “el anticristo” sin base bíblica clara ni consenso apostólico no solo expone a error doctrinal, sino que puede causar daño espiritual, social e incluso físico.

El ministerio cristiano está llamado a edificar, no a alarmar; a discernir, no a difamar; a pastorear con verdad y amor, no con miedo. El apóstol Pablo exhortó:

“Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación.” (Romanos 14:19)

Que la predicación escatológica —cuando se aborde— conduzca a la esperanza, a la santidad y a la fidelidad a Cristo, y no al temor, la división o el señalamiento injusto.

Anticristo y falsos cristos: una distinción necesaria

Una confusión frecuente en la predicación contemporánea consiste en mezclar el concepto de “anticristo” desarrollado por el apóstol Juan con la advertencia de Jesucristo acerca de los “falsos cristos”. Sin embargo, el Nuevo Testamento presenta estas categorías de manera distinta.

Jesús declaró:

“Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios…” (Mateo 24:24)

El término griego utilizado es pseudochristoi, que significa literalmente “mesías falsos”. El contexto indica personas que se presentarían como el Cristo o reclamarían autoridad mesiánica. Se trata de individuos que pretenden ocupar el lugar del Mesías o adjudicarse su identidad.

En cambio, el apóstol Juan emplea el término antichristos en sus epístolas:

“Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos…” (1 Juan 2:18)

“¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo…” (1 Juan 2:22)

“Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo…” (1 Juan 4:3)

Juan no describe a un gobernante político mundial, sino a quienes niegan la identidad verdadera de Jesucristo y se apartan de la enseñanza apostólica. Además afirma: “Salieron de nosotros” (1 Juan 2:19), lo cual sugiere un contexto interno, relacionado con desviaciones doctrinales dentro del ámbito cristiano.

El prefijo griego anti- puede significar tanto “contra” como “en lugar de”. Así, el anticristo no solo es quien se opone a Cristo, sino también quien sustituye o distorsiona su verdadera identidad.

Por lo tanto, bíblicamente no es correcto usar indistintamente ambos términos ni aplicarlos automáticamente a cualquier figura pública contemporánea.

A esta distinción debe añadirse otra figura frecuentemente asociada al anticristo: el “hombre de pecado” o “hombre de iniquidad” mencionado por el apóstol Pablo:

“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto…” (2 Tesalonicenses 2:3–4)

El texto paulino describe una figura vinculada a una apostasía y a una exaltación religiosa indebida. Sin embargo, Pablo tampoco identifica a una persona concreta de su tiempo por nombre, ni exhorta a los creyentes a señalar candidatos específicos. Su énfasis está en no dejarse engañar y en mantenerse firmes en la enseñanza recibida (2 Tesalonicenses 2:15).

Históricamente, esta figura ha sido interpretada de diversas maneras —individual, institucional o simbólica—, lo que demuestra la complejidad del pasaje. Utilizarlo para acusaciones directas e inmediatas contra personajes contemporáneos suele ignorar tanto el contexto original como la prudencia apostólica.


Nota histórica: Durante la Reforma Protestante del siglo XVI, varios reformadores —entre ellos Martín Lutero, Juan Calvino y otros teólogos reformados— identificaron al “hombre de pecado” de 2 Tesalonicenses 2 con el papado. Lutero escribió en sus Artículos de Esmalcalda (1537) que el Papa era “el verdadero anticristo” basándose en esta interpretación. La Confesión de Westminster (1647), en su capítulo 25.6, también afirma que el Papa es “aquel anticristo, el hombre de pecado”. Esta identificación surgió en un contexto de profunda confrontación teológica y política entre Roma y los reformadores. Sin embargo, incluso dentro del protestantismo posterior surgieron interpretaciones alternativas (preteristas, futuristas e idealistas), lo que evidencia que el pasaje ha sido históricamente objeto de debate y no de consenso absoluto.

La advertencia de Jesús sobre falsos mesías, la enseñanza de Juan acerca del espíritu del anticristo y la descripción paulina del hombre de pecado constituyen categorías relacionadas pero no idénticas. Confundirlas o simplificarlas puede conducir a conclusiones apresuradas y a juicios temerarios. La advertencia de Jesús sobre falsos mesías y la enseñanza de Juan sobre el espíritu del anticristo responden a contextos teológicos específicos. Confundirlos debilita la precisión bíblica y favorece interpretaciones sensacionalistas.

Las diversas interpretaciones históricas de la bestia y el Anticristo

La identificación del “anticristo” con las bestias de Apocalipsis 13 no ha sido uniforme a lo largo de la historia cristiana. Más bien, ha estado condicionada por distintos marcos hermenéuticos.

1. Enfoque historicista

Durante la Reforma Protestante, muchos intérpretes adoptaron una lectura historicista del Apocalipsis, entendiendo sus símbolos como un desarrollo progresivo de la historia de la Iglesia. En este marco, la primera bestia (Apocalipsis 13:1–10), con siete cabezas y diez cuernos, fue identificada por varios reformadores con el sistema papal medieval. Los diez cuernos fueron interpretados como los reinos surgidos del Imperio Romano.

Esta línea interpretativa fue incorporada en confesiones reformadas como la Confesión de Westminster (1647), que identifica al Papa con “aquel anticristo, el hombre de pecado”.

2. Enfoque futurista

El futurismo, desarrollado especialmente a partir del siglo XIX en el dispensacionalismo, interpreta la primera bestia como un futuro gobernante mundial literal —el Anticristo— que encabezará una confederación política simbolizada por los diez cuernos. En este esquema, la segunda bestia (Apocalipsis 13:11–18) suele identificarse con el “falso profeta”, y la “imagen de la bestia” con un sistema de adoración forzada.

Esta perspectiva es común en amplios sectores evangélicos y pentecostales contemporáneos.

3. Enfoque preterista

El preterismo interpreta la bestia principalmente en referencia al Imperio Romano del siglo I. Las siete cabezas han sido asociadas con los emperadores romanos o con las siete colinas de Roma (Apocalipsis 17:9). El número 666 se ha relacionado con Nerón mediante cálculos de gematría hebrea.

En esta visión, las figuras apocalípticas describen realidades del contexto original de los primeros cristianos más que eventos futuros lejanos.

4. Enfoque idealista o simbólico

El idealismo entiende las bestias como representaciones simbólicas recurrentes del poder político-religioso que se opone a Dios a lo largo de la historia. En este marco, el “espíritu del anticristo” se manifiesta en cualquier sistema que reclame lealtad absoluta y desplace la soberanía divina.


La diversidad de estas interpretaciones demuestra que la identificación exacta del anticristo con una figura o sistema concreto ha sido históricamente objeto de debate. Esta pluralidad hermenéutica debería fomentar prudencia, humildad y responsabilidad al abordar públicamente estos temas.

Conclusión

La historia de la interpretación cristiana demuestra que las figuras del anticristo, la bestia y el hombre de pecado han sido entendidas de múltiples maneras legítimas dentro del marco de la fe cristiana. Reformadores, teólogos medievales, intérpretes modernos y académicos contemporáneos han llegado a conclusiones distintas utilizando las mismas Escrituras.

Esta pluralidad hermenéutica no debilita la autoridad bíblica; más bien, revela la profundidad y complejidad del lenguaje apocalíptico. Sin embargo, sí establece un límite ético: cuando la Iglesia no posee consenso histórico ni claridad inequívoca del texto, debe ejercer prudencia antes de emitir acusaciones públicas contra personas concretas.

El noveno mandamiento declara:

“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16).

Aplicado al ámbito escatológico, este principio exige que no se identifique temerariamente a individuos contemporáneos como “el anticristo” sin evidencia bíblica directa y verificable. La acusación precipitada puede convertirse en difamación, generar temor innecesario y dañar reputaciones —incluso poner en riesgo la seguridad de personas reales.

Si los apóstoles advirtieron acerca del engaño sin nombrar candidatos específicos, y si la historia de la Iglesia muestra diversidad interpretativa, entonces la responsabilidad pastoral exige sobriedad, humildad y caridad.

La escatología bíblica fue dada para fortalecer la fe y llamar a la perseverancia, no para fomentar especulación acusatoria. Defender la verdad nunca debe implicar sacrificar la justicia ni el amor. En este sentido, el respeto al noveno mandamiento se convierte en una guía ética indispensable para todo discurso profético contemporáneo.

Al mismo tiempo, la escatología bíblica no termina en advertencias, sino en misión. Jesucristo afirmó:

“Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

El énfasis final de Cristo no está en la identificación pública de enemigos, sino en la proclamación fiel del Reino. En esa línea, algunos intérpretes entienden que los “dos testigos” o “dos candelabros” de Apocalipsis 11 pueden simbolizar no solo individuos, sino también comunidades o movimientos fieles que, en medio de la oscuridad espiritual, iluminarán al mundo con el testimonio del evangelio.

Sea cual sea la interpretación adoptada —literal o simbólica— el patrón bíblico es claro: el pueblo de Dios es llamado a dar testimonio, no a difamar; a anunciar esperanza, no a alimentar sospechas; a perseverar en la verdad con integridad y amor.

De este modo, la escatología recupera su propósito original: fortalecer la fidelidad, purificar el carácter y dirigir la mirada hacia el Reino venidero, en lugar de convertir la profecía en instrumento de acusación temeraria.

 


THE DANGER OF IDENTIFYING THE ANTICHRIST: Biblical Caution & Christian Responsibility

Accusations of the “antichrist”, false testimony, and Christian responsibility

Introduction

Currently, numerous videos, sermons, and articles circulate in which Christian pastors and ministers publicly identify political, social, or cultural leaders as “the Antichrist” or as his immediate manifestation. These statements, disseminated massively through social media, are often presented with a tone of apocalyptic urgency and with little to no verifiable biblical support. The purpose of this article is to examine whether this practice is consistent with the testimony of the New Testament and whether it also respects the fundamental ethical principles of the Christian faith, particularly the ninth commandment.



1. The biblical use of the term “antichrist”

The term “antichrist” ( ἀντίχριστος ) appears exclusively in the letters of the apostle John. In them, it is not presented as an identifiable political figure or as a specific ruler of the immediate future, but as a spiritual and doctrinal reality that was already at work in the first century.

Juan explicitly states:

“Dear children, this is the last hour; and as you have heard that the antichrist is coming, even now many antichrists have appeared. This is how we know it is the last hour.” (1 John 2:18)

He later adds:

“Who is the liar but he who denies that Jesus is the Christ? This is the antichrist, he who denies the Father and the Son.” (1 John 2:22)

And again:

“Every spirit that does not acknowledge Jesus Christ as having come in the flesh is not from God. This is the spirit of the antichrist, which you have heard is coming and even now is already in the world.” (1 John 4:3)

These texts show that the biblical concept of antichrist does not point to the identification of specific individuals by name, but to the discernment of doctrines, attitudes, and systems of thought that oppose Christ and the truth of the gospel.

2. Apostolic witness and the absence of personal accusations

Neither John nor Paul, nor any other apostle, publicly identified specific rulers or figures as “the Antichrist.” Even in eschatological passages like 2 Thessalonians 2, where Paul mentions the “man of sin,” the apostle avoids giving names, dates, or calls to persecution.

Pablo writes:

“Let no one deceive you in any way, for that day will not come unless the apostasy comes first, and the man of lawlessness is revealed, the son of destruction.” (2 Thessalonians 2:3)

And he adds that his demonstration will be accompanied by deception:

“With all wicked deception for those who are perishing, because they did not receive the love of the truth so as to be saved.” (2 Thessalonians 2:10)

The apostolic emphasis is not on identifying individuals, but on warning against doctrinal and moral deception. This deliberate silence in the face of personal attacks contrasts sharply with the modern practice of some preachers who attribute apocalyptic identities to contemporary figures without clear biblical basis.

3. The Ninth Commandment and the Problem of False Testimony

The commandment “You shall not bear false witness against your neighbor” (Exodus 20:16) is not limited to the legal context. In a broader sense, it prohibits all forms of defamation, rash accusation, or false attribution that damages another person's reputation.

Scripture also warns:

“A false witness will not go unpunished, and he who speaks lies will not escape.” (Proverbs 19:5)

And again:

“He who speaks truth declares justice, but a false witness speaks deceit.” (Proverbs 12:17)

Declaring someone to be “the antichrist” without clear biblical evidence or objective confirmation constitutes a form of false testimony. It attributes to that person an identity and intention that have not been demonstrated, thus violating a central ethical principle of God's law.

4. Real consequences of irresponsible language: lessons from history

Throughout history, the accusation of being "antichrist" has been used to justify persecution, violence, and even murder.

During the Middle Ages, religious minorities were stigmatized under demonizing categories that facilitated their persecution. Later, in the context of the Reformation, Catholics and Protestants accused each other of being the Antichrist. Martin Luther identified the papacy as the institutional Antichrist, while some Catholic groups considered the reformers to be agents of the Antichrist.

These accusations did not remain on the theological plane: they contributed to religious wars, executions, and deep social divisions.

In today's world, where messages spread instantly and reach massive audiences, the risk is even greater. Such a statement can be interpreted by emotionally or mentally unstable individuals as a spiritual justification for violence.

Even if the person making the accusation does not directly commit violence, they do contribute to creating the climate that makes it possible.

5. The contrast with the example of Jesus Christ

Jesus Christ denounced sin, hypocrisy, and injustice, but he never called for identifying or eliminating individuals as apocalyptic figures.

Jesus taught:

“Do not judge, or you too will be judged.” (Matthew 7:1)

And he warned about the destructive power of words:

“But I tell you that everyone will have to give account on the day of judgment for every careless word they have spoken.” (Matthew 12:36)

When one of his disciples resorted to violence, Jesus responded:

“Put your sword back in its place; for all who draw the sword will die by the sword.” (Matthew 26:52)

The use of fear, the dehumanization of the adversary, and the indirect incitement of hatred contradict the spirit of the gospel and the example of Christ himself.

6. Psychology of religious fear and spiritual control

Several studies in the psychology of religion have observed that fear is one of the most effective emotions for shaping behavior, especially when combined with spiritual authority. The so-called “religious fear” arises when theological concepts—such as judgment, punishment, or the end of the world—are presented in a disproportionate or sensationalist way, disconnected from the biblical message of hope and redemption.

In this context, identifying public figures as “the antichrist” can generate a state of constant anxiety, hypervigilance, and dependence on the religious leader who presents himself as the sole interpreter of events. This mechanism reduces critical thinking and fosters obedience based on fear rather than conviction.

Scripture, however, establishes an opposing principle:

“There is no fear in love, but perfect love casts out fear, because fear involves punishment.” (1 John 4:18)

When fear becomes the primary pastoral tool, Christian faith is distorted, and trust in God is replaced by a spirituality of emotional survival. This approach does not produce spiritual maturity, but rather dependence and vulnerability to deception.

7. Pastoral note addressed to ministers and Christian leaders

This article does not intend to question the sincerity of faith or the desire to warn God's people about spiritual deception. However, it does make a fraternal and respectful appeal to pastors, teachers, and Christian leaders to exercise their ministry with reverence for God, prudence, and responsibility.

Spiritual authority carries significant moral weight. Words spoken from a pulpit, a digital platform, or social media are not neutral: they shape consciences, stir emotions, and can profoundly influence the decisions of others. Therefore, publicly labeling individuals as “the Antichrist” without clear biblical basis or apostolic consensus not only exposes one to doctrinal error but can also cause spiritual, social, and even physical harm.

The Christian ministry is called to build up, not to alarm; to discern, not to slander; to shepherd with truth and love, not with fear. The apostle Paul exhorted:

“Therefore let us pursue what makes for peace and for mutual edification.” (Romans 14:19)

May eschatological preaching—when it is addressed—lead to hope, holiness, and faithfulness to Christ, and not to fear, division, or unjust condemnation.

Antichrist and false Christs: a necessary distinction

A common misconception in contemporary preaching is to conflate the concept of “antichrist” developed by the apostle John with Jesus Christ’s warning about “false Christs.” However, the New Testament presents these categories differently.

Jesus declared:

“For false messiahs and false prophets will appear and perform great signs and wonders…” (Matthew 24:24)

The Greek term used is pseudochristoi , which literally means “false messiahs.” The context indicates people who would present themselves as Christ or claim messianic authority. These are individuals who seek to take the place of the Messiah or usurp his identity.

In contrast, the apostle John uses the term antichristos in his epistles:

“Dear children, this is the last hour; and as you have heard that the antichrist is coming, even now many antichrists have appeared…” (1 John 2:18)

“Who is the liar but he who denies that Jesus is the Christ? This is the antichrist…” (1 John 2:22)

“Every spirit that does not acknowledge Jesus Christ as having come in the flesh is not from God. This is the spirit of the antichrist…” (1 John 4:3)

John is not describing a world political ruler, but rather those who deny the true identity of Jesus Christ and depart from apostolic teaching. He also states, “They went out from us” (1 John 2:19), which suggests an internal context, related to doctrinal deviations within the Christian community.

The Greek prefix anti- can mean both “against” and “instead of.” Thus, the antichrist is not only the one who opposes Christ, but also the one who replaces or distorts his true identity.

Therefore, from a biblical perspective, it is not correct to use both terms interchangeably or to automatically apply them to any contemporary public figure.

To this distinction must be added another figure frequently associated with the antichrist: the “man of sin” or “man of iniquity” mentioned by the apostle Paul:

“Let no one deceive you in any way, for that day will not come unless the apostasy comes first, and the man of lawlessness is revealed, the son of destruction, who opposes and exalts himself above all that is called God or that is worshiped…” (2 Thessalonians 2:3–4)

The Pauline text describes a figure linked to apostasy and undue religious exaltation. However, Paul does not identify a specific person of his time by name, nor does he exhort believers to point to specific candidates. His emphasis is on not being deceived and on remaining firm in the teaching received (2 Thessalonians 2:15).

Historically, this figure has been interpreted in various ways—individual, institutional, or symbolic—which demonstrates the complexity of the passage. Using it for direct and immediate accusations against contemporary figures often ignores both the original context and apostolic prudence.


Historical Note: During the Protestant Reformation of the 16th century, several reformers—including Martin Luther, John Calvin, and other Reformed theologians—identified the “man of sin” in 2 Thessalonians 2 with the papacy. Luther wrote in his Schmalkaldic Articles (1537) that the Pope was “the true antichrist” based on this interpretation. The Westminster Confession (1647), in chapter 25.6, also states that the Pope is “that antichrist, the man of sin.” This identification arose in a context of profound theological and political confrontation between Rome and the reformers. However, even within later Protestantism, alternative interpretations (preterist, futurist, and idealist) emerged, demonstrating that the passage has historically been a subject of debate rather than absolute consensus.

Jesus' warning about false messiahs, John's teaching about the spirit of the antichrist, and Paul's description of the man of sin are related but not identical categories. Confusing or oversimplifying them can lead to hasty conclusions and rash judgments. Jesus' warning about false messiahs and John's teaching about the spirit of the antichrist are rooted in specific theological contexts. Confusing them weakens biblical precision and fosters sensationalist interpretations.

The various historical interpretations of the beast and the Antichrist

The identification of the “antichrist” with the beasts of Revelation 13 has not been consistent throughout Christian history. Rather, it has been conditioned by different hermeneutical frameworks.

1. Historicist approach

During the Protestant Reformation, many interpreters adopted a historicist reading of Revelation, understanding its symbols as a progressive development in Church history. Within this framework, the first beast (Revelation 13:1–10), with seven heads and ten horns, was identified by several reformers with the medieval papal system. The ten horns were interpreted as the kingdoms that emerged from the Roman Empire.

This line of interpretation was incorporated into reformed confessions such as the Westminster Confession (1647), which identifies the Pope with "that antichrist, the man of sin."

2. Futuristic approach

Futurism, which developed especially from the 19th century onward within dispensationalism, interprets the first beast as a literal future world ruler—the Antichrist—who will head a political confederation symbolized by the ten horns. In this framework, the second beast (Revelation 13:11–18) is usually identified with the “false prophet,” and the “image of the beast” with a system of forced worship.

This perspective is common in broad sectors of contemporary evangelical and Pentecostal communities.

3. Preterist approach

Preterism interprets the beast primarily in reference to the first-century Roman Empire. The seven heads have been associated with Roman emperors or with the seven hills of Rome (Revelation 17:9). The number 666 has been linked to Nero through calculations of Hebrew gematria.

In this vision, the apocalyptic figures describe realities from the original context of the early Christians rather than distant future events.

4. Idealistic or symbolic approach

Idealism understands beasts as recurring symbolic representations of the political-religious power that opposes God throughout history. Within this framework, the “spirit of the antichrist” manifests itself in any system that demands absolute loyalty and displaces divine sovereignty.


The diversity of these interpretations demonstrates that the precise identification of the Antichrist with a specific figure or system has historically been a subject of debate. This hermeneutical plurality should foster prudence, humility, and responsibility when publicly addressing these issues.

Conclusion

The history of Christian interpretation demonstrates that the figures of the Antichrist, the Beast, and the Man of Sin have been understood in multiple legitimate ways within the framework of the Christian faith. Reformers, medieval theologians, modern interpreters, and contemporary scholars have all arrived at different conclusions using the same Scriptures.

This hermeneutical plurality does not weaken biblical authority; rather, it reveals the depth and complexity of apocalyptic language. However, it does establish an ethical limit: when the Church lacks historical consensus and unequivocal clarity regarding the text, it must exercise prudence before making public accusations against specific individuals.

The ninth commandment declares:

“You shall not bear false witness against your neighbor” (Exodus 20:16).

Applied to the eschatological realm, this principle requires that contemporary individuals not be rashly identified as “the Antichrist” without direct and verifiable biblical evidence. Hasty accusations can become defamation, generate unnecessary fear, and damage reputations—even endangering the safety of real people.

If the apostles warned about deception without naming specific candidates, and if the history of the Church shows interpretive diversity, then pastoral responsibility demands sobriety, humility, and charity.

Biblical eschatology was given to strengthen faith and call for perseverance, not to encourage accusatory speculation. Defending the truth should never involve sacrificing justice or love. In this sense, respect for the ninth commandment becomes an indispensable ethical guide for all contemporary prophetic discourse.

At the same time, biblical eschatology does not end in warnings, but in mission. Jesus Christ affirmed:

“And this gospel of the kingdom will be preached in all the world as a witness to all the nations, and then the end will come” (Matthew 24:14).

Christ's ultimate emphasis is not on the public identification of enemies, but on the faithful proclamation of the Kingdom. Along these lines, some interpreters understand that the "two witnesses" or "two lampstands" of Revelation 11 can symbolize not only individuals, but also faithful communities or movements that, in the midst of spiritual darkness, will illuminate the world with the testimony of the gospel.

Whatever interpretation is adopted—literal or symbolic—the biblical pattern is clear: God's people are called to bear witness, not to slander; to proclaim hope, not to fuel suspicion; to persevere in the truth with integrity and love.

In this way, eschatology recovers its original purpose: to strengthen faithfulness, purify character, and direct our gaze toward the coming Kingdom, instead of turning prophecy into an instrument of reckless accusation.

 

Thursday, October 23, 2025

Halloween: Between Ancient Traditions and Spiritual Deception

 

Halloween: Between Ancient Traditions and Spiritual Deception

A historical, cultural, and biblical reflection on the origins and meaning of Halloween

1. Introduction

Every year on October 31, millions around the world celebrate Halloween — a night of costumes, lights, and laughter that conceals a much older and darker story. While most consider it a harmless occasion for fun, its origins are deeply rooted in ancient rituals centered on death, spirits, and the unseen world. Understanding where this celebration comes from, and what it represents spiritually, allows us to discern whether it aligns with the values of God’s Word or with the shadows it once glorified.

2. The Celtic Origin: Samhain

The roots of Halloween trace back over two thousand years to the Celtic festival of Samhain (pronounced Sow-in), which marked the end of the harvest and the beginning of winter — the 'dark half' of the year. The Celts believed that on the night of October 31, the boundary between the world of the living and the world of the dead became thin. Spirits could cross over, bringing either blessing or harm. To protect themselves, people left offerings of food for wandering souls and wore disguises to confuse evil spirits. Bonfires (bone-fires, originally for burning animal bones and sacrifices) were lit for purification and protection. The Druids, Celtic priests, played a central role in these rites, performing divinations and sacrifices to ensure favor from the spirits and gods for the coming winter. The themes of death, fear, and appeasement of supernatural forces formed the core of Samhain — ideas that still echo, even in today’s commercialized Halloween.

3. Roman and Christian Influences

When the Roman Empire conquered the Celtic lands (1st century BCE), Samhain merged with two Roman festivals: Feralia, which honored the spirits of the dead, and Pomona, a harvest celebration dedicated to the goddess of fruits and trees. The apple — Pomona’s symbol — may have inspired the later custom of bobbing for apples. Centuries later, as Christianity spread, the Church sought to redirect pagan customs toward holy remembrance. In the 8th century, Pope Gregory III established All Saints’ Day on November 1, and the preceding evening became known as All Hallows’ Eve — eventually shortened to Halloween. However, many of the old superstitions and symbols of death remained hidden beneath the new Christianized name. Thus, Halloween emerged as a blend of pagan spirituality and popular folklore, thinly veiled by Christian terminology.

4. The Transformation in Modern Times

The festival crossed the Atlantic with Irish and Scottish immigrants in the 19th century. In America, pumpkins replaced the European turnips carved into Jack-o’-Lanterns, representing the spirit of a wandering soul. Costumes and games evolved into 'trick-or-treating,' where children, unknowingly echoing the ancient offerings to spirits, went from house to house seeking sweets instead of protection. By the 20th century, literature, cinema, and commerce had turned Halloween into a celebration of fantasy, horror, and indulgence — stripped of overt ritual, but not of its themes of fear and darkness.

5. A Biblical and Spiritual Analysis

Despite its modern form, the spiritual roots of Halloween remain incompatible with the teachings of Scripture. The Bible explicitly warns against attempts to communicate with or honor the dead:

“There shall not be found among you anyone who… practices divination or interprets omens or calls up the dead. For whoever does these things is an abomination to the LORD.” (Deuteronomy 18:10–12)

“When they say to you, ‘Consult the mediums and the wizards,’ should not a people consult their God? Should they consult the dead on behalf of the living?” (Isaiah 8:19)

Although most modern participants do not engage in witchcraft, the imagery and symbolism of Halloween — ghosts, skeletons, demons, death, and fear — still reflect a fascination with darkness and the forbidden. The Apostle Paul reminds believers: 'What fellowship has light with darkness? … Therefore come out from among them and be separate, says the Lord.' (2 Corinthians 6:14–17) To glorify or imitate symbols of death, even in jest, contradicts the holiness and light of God’s Spirit. The believer is called not to flirt with darkness but to overcome it with light.

6. The True Hope Beyond Death

Where Halloween exalts death and fear, the Gospel proclaims life and victory through Jesus Christ. Christ said: 'I am the resurrection and the life; whoever believes in Me, though he die, yet shall he live.' (John 11:25) For those who follow Christ, the grave holds no terror, and the unseen world no power. The believer’s focus is not on departed souls but on the living God, who is 'not the God of the dead, but of the living' (Matthew 22:32). Faith replaces fear, and holiness replaces superstition. Thus, the Christian response to Halloween is not condemnation born of fear, but discernment grounded in truth and the joy of eternal life.

7. Conclusion

Halloween, though wrapped in the charm of tradition, remains a reflection of humanity’s ancient attempt to cope with death apart from God. Its imagery of darkness and spirits mirrors a world still seeking light. As followers of Christ, we are called to separate from such customs and to celebrate instead the Light that conquered death. Replacing Halloween with gatherings of prayer, worship, and thanksgiving transforms the night once dedicated to fear into a testimony of God’s power and love.

“Do not be overcome by evil, but overcome evil with good.” (Romans 12:21)

Halloween: Entre antiguas tradiciones y el engaño espiritual

 

Halloween: Entre antiguas tradiciones y el engaño espiritual

Una reflexión histórica, cultural y bíblica sobre los orígenes y el significado de Halloween

1. Introducción

Cada año, el 31 de octubre, millones de personas en todo el mundo celebran Halloween — una noche de disfraces, luces y risas que oculta una historia mucho más antigua y oscura. Aunque la mayoría lo considera una ocasión inofensiva para divertirse, sus orígenes están profundamente arraigados en antiguos rituales centrados en la muerte, los espíritus y el mundo invisible. Comprender de dónde proviene esta celebración y qué representa espiritualmente nos permite discernir si se alinea con los valores de la Palabra de Dios o con las sombras que alguna vez glorificó.

2. El origen celta: Samhain

Las raíces de Halloween se remontan a más de dos mil años atrás, al festival celta de Samhain (pronunciado Sow-in), que marcaba el fin de la cosecha y el comienzo del invierno — la “mitad oscura” del año. Los celtas creían que en la noche del 31 de octubre, el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía delgado. Los espíritus podían cruzar, trayendo consigo bendición o daño. Para protegerse, la gente dejaba ofrendas de comida para las almas errantes y usaba disfraces para confundir a los espíritus malignos. Se encendían hogueras (bone-fires, originalmente para quemar huesos de animales y sacrificios) con fines de purificación y protección. Los druidas, sacerdotes celtas, desempeñaban un papel central en estos ritos, realizando adivinaciones y sacrificios para obtener el favor de los espíritus y de los dioses en el invierno venidero. Los temas de muerte, miedo y apaciguamiento de fuerzas sobrenaturales formaban el núcleo de Samhain — ideas que aún resuenan, incluso en el Halloween comercializado de hoy.

3. Influencias romanas y cristianas

Cuando el Imperio Romano conquistó las tierras celtas (siglo I a. C.), Samhain se fusionó con dos festivales romanos: Feralia, que honraba a los espíritus de los muertos, y Pomona, una celebración de la cosecha dedicada a la diosa de los frutos y los árboles. La manzana — símbolo de Pomona — pudo haber inspirado la posterior costumbre de “pescar manzanas” (bobbing for apples). Siglos más tarde, a medida que el cristianismo se expandía, la Iglesia procuró redirigir las costumbres paganas hacia una conmemoración santa. En el siglo VIII, el Papa Gregorio III estableció el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre, y la víspera anterior pasó a conocerse como All Hallows’ Eve — que con el tiempo se transformó en Halloween. Sin embargo, muchas de las antiguas supersticiones y símbolos de la muerte permanecieron ocultos bajo el nuevo nombre cristianizado. Así, Halloween surgió como una mezcla de espiritualidad pagana y folclore popular, tenuemente cubierta por terminología cristiana.

4. La transformación en los tiempos modernos

El festival cruzó el Atlántico con inmigrantes irlandeses y escoceses en el siglo XIX. En América, las calabazas reemplazaron a los nabos europeos tallados en forma de Jack-o’-Lanterns, que representaban el espíritu de un alma errante. Los disfraces y los juegos evolucionaron hacia la práctica de “dulce o truco” (trick-or-treating), en la cual los niños — sin saberlo — repetían el antiguo gesto de pedir protección o recompensa de los espíritus, aunque ahora buscando dulces. Para el siglo XX, la literatura, el cine y el comercio habían convertido Halloween en una celebración de fantasía, horror y desenfreno — despojada de sus rituales visibles, pero no de sus temas de miedo y oscuridad.

5. Análisis bíblico y espiritual

A pesar de su forma moderna, las raíces espirituales de Halloween siguen siendo incompatibles con las enseñanzas de las Escrituras. La Biblia advierte explícitamente contra los intentos de comunicarse con los muertos o rendirles honor:

“No se halle en ti quien practique adivinación, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas.” (Deuteronomio 18:10–12)

“Y cuando os dijeren: Consultad a los encantadores y a los adivinos... ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” (Isaías 8:19)

Aunque la mayoría de los participantes modernos no practican la hechicería, la imaginería y los símbolos de Halloween — fantasmas, esqueletos, demonios, muerte y miedo — reflejan aún una fascinación por la oscuridad y lo prohibido. El apóstol Pablo recuerda a los creyentes: “¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? … Por lo cual, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor.” (2 Corintios 6:14–17) Glorificar o imitar símbolos de muerte, aunque sea en tono de juego, contradice la santidad y la luz del Espíritu de Dios. El creyente es llamado no a coquetear con la oscuridad, sino a vencerla con la luz.

6. La verdadera esperanza más allá de la muerte

Mientras Halloween exalta la muerte y el miedo, el Evangelio proclama vida y victoria por medio de Jesucristo. Cristo dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” (Juan 11:25) Para quienes siguen a Cristo, la tumba no tiene terror ni el mundo invisible poder alguno. El enfoque del creyente no está en las almas de los muertos, sino en el Dios viviente, que es “Dios no de muertos, sino de vivos” (Mateo 22:32). La fe reemplaza al miedo, y la santidad sustituye la superstición. Por tanto, la respuesta cristiana a Halloween no es una condena nacida del temor, sino discernimiento fundado en la verdad y en el gozo de la vida eterna.

7. Conclusión

Halloween, aunque envuelto en el encanto de la tradición, sigue siendo un reflejo del antiguo intento humano de enfrentar la muerte al margen de Dios. Su imaginería de oscuridad y espíritus refleja un mundo que todavía busca la luz. Como seguidores de Cristo, estamos llamados a apartarnos de tales costumbres y a celebrar, en cambio, la Luz que venció la muerte. Transformar Halloween en una noche de oración, adoración y gratitud convierte lo que una vez fue dedicado al temor en un testimonio del poder y amor de Dios.

“No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” (Romanos 12:21)

Wednesday, October 22, 2025

El mito del judío descalzo & ¿Sirvió descalzo el sumo sacerdote?

 

El mito del judío descalzo: el calzado en el mundo antiguo

Durante siglos, el arte popular, el cine e incluso la educación religiosa han promovido la imagen de los pueblos antiguos —especialmente en Judea— caminando descalzos o usando solo sandalias rudimentarias. Esta imagen, aunque pintoresca, es histórica y arqueológicamente inexacta. La realidad es que el calzado era común y diverso en todo el mundo antiguo, desde los desiertos del Levante hasta los bosques de Europa y las llanuras americanas.

1. El calzado en el antiguo Oriente Próximo

Descubrimientos arqueológicos y textos antiguos confirman que las sandalias y los zapatos eran parte de la vida cotidiana miles de años antes de la época romana. En el antiguo Egipto, se han encontrado sandalias de cuero y papiro en tumbas que datan del Imperio Medio (c. 2000 a. C.). En Canaán e Israel, el calzado era común, y la Biblia menciona con frecuencia las sandalias (  ì na'al); por ejemplo, Éxodo 12:11, Josué 9:13 y Rut 4:7. Las sandalias estaban hechas de cuero curtido, se ataban con correas y a menudo se reforzaban con suelas superpuestas para terrenos desérticos.

2. El calzado en la Judea romana

Durante el siglo I, Judea estaba bajo control romano, y la artesanía romana influyó en la vida cotidiana. El mundo romano era famoso por su avanzada tecnología de calzado. Las caligae eran botas de cuero caladas que usaban los soldados, ventiladas pero resistentes, con suelas claveteadas para mayor tracción y durabilidad. Las calcei eran zapatos cerrados de cuero usados por ciudadanos y funcionarios, que ofrecían protección contra el polvo y el calor. Las soleae eran sandalias más ligeras para uso en interiores o doméstico.

Numerosos hallazgos arqueológicos, desde Vindolanda (Gran Bretaña) hasta Alemania, e incluso el desierto de Judea, demuestran lo avanzado y variado que era el calzado romano. Suelas de cuero, correas, costuras e incluso patrones decorativos han sobrevivido dos milenios. Los judíos, influenciados por la cultura romana y helenística, usaban calzados similares según su clase y ocupación.

3. El uso de calcetines

Contrariamente a la creencia popular, los calcetines también eran conocidos y utilizados en la antigüedad. Arqueólogos descubrieron calcetines de lana en Egipto, que datan de los siglos II-IV d. C., y que ahora se conservan en el Museo Británico. Estaban diseñados con la punta dividida para que se ajustaran a las sandalias, evidencia de una adaptación práctica más que de un abandono primitivo. Los soldados romanos destinados en regiones frías como Germania y Britania también usaban calcetines (udones en latín), hechos de lana o fieltro, dentro de sus caligae o botas.

4. El calzado en diferentes culturas

La tendencia a proteger los pies trasciende la geografía y la civilización. Los pueblos indígenas de todo el mundo desarrollaron de forma independiente calzado adaptado a sus entornos. En Norteamérica, las tribus indígenas fabricaban mocasines, zapatos de cuero suave que proporcionaban protección, calidez y discreción. En Asia, los zapatos tejidos de paja o cáñamo aparecieron en China, Japón y Siberia. En África, las sandalias de cuero o fibra tejida se usaban tanto en regiones desérticas como de sabana.

5. El sentido común y el ingenio humano

Incluso sin la fabricación formal de calzado, una persona de inteligencia media de cualquier época reconocería rápidamente la necesidad de proteger los pies. El cuero, la corteza, las cañas o la tela pueden transformarse fácilmente en zapatos funcionales. Suponer que civilizaciones enteras ignoraron esta necesidad contradice tanto la lógica como los hechos arqueológicos.

6. Simbolismo bíblico y cultural

Dado que el calzado era normal, andar descalzo tenía un significado simbólico: expresaba luto o humildad (2 Samuel 15:30), representaba pérdida o pobreza (Isaías 20:2-4), y quitarse las sandalias antes de entrar en tierra santa demostraba reverencia ante Dios (Éxodo 3:5). Estos gestos solo tienen sentido si llevar calzado era la condición habitual.

Conclusión

La imagen de los antiguos judíos vagando descalzos bajo el sol del desierto es un mito moderno. Desde las primeras civilizaciones hasta la época romana, los seres humanos de todo el mundo usaban sandalias, zapatos, botas e incluso calcetines. Lejos de ser primitivos, los pueblos antiguos eran hábiles artesanos que se adaptaron inteligentemente a su entorno. La arqueología, el sentido común y la evidencia intercultural apuntan a una misma conclusión: nuestros antepasados no caminaban con ignorancia, sino con ingenio.

Referencias

·         National Geographic Historia: 'Descubren restos de unas caligae en Alemania, las sandalias más populares entre los legionarios'

·         Wikipedia: 'Calceus' – https://en.wikipedia.org/wiki/Calceus

·         Imperivm.org: 'El calzado romano' – https://www.imperivm.org/el-calzado-romano/

·         La Casa del Recreador: 'Calcei Vindolanda' – https://lacasadelrecreador.com/es/699-calcei-vindolanda.html

·         Biblia Conociendo a Jesús: Temas sobre 'Sandalias' – https://bible.knowing-jesus.com/Espa%C3%B1al/topics/Sandalias

·         Museo Británico: Calcetines egipcios de lana (EA53912) – siglos II-IV d. C.

 

Detalle escultórico (estatua de Tiberio) que muestra el calceus patricius — confirma el uso del calceus como parte del atuendo formal en representaciones públicas.

El calceus era un zapato cerrado, a menudo llegando al tobillo y sujeto con cordones o tiras; se diferenciaba claramente de las soleae o caligae (sandalias abiertas y botas militares). Esto se ve tanto en esculturas públicas como en ejemplares arqueológicos.

Apéndice léxico: Términos hebreos y griegos para «sandalias» o «zapatos»

1. Término hebreo:  ì (na'al)

**Transliteración:** na'al
• **Concordancia Strong:** H5275• **Significado de la raíz:** De la raíz
ì (*n-ʿ-l*), que significa “bloquear, cerrar o sujetar”.
• **Sentido literal:** Un artículo sujeto o asegurado, por lo tanto, un zapato, sandalia o cualquier cubierta atada al pie.• **Rango semántico:** Calzado en general; no necesariamente una sandalia abierta.• **Ejemplos:** - Éxodo 3:5 — “Quítate tus *na'aleka* (sandalias/zapatos), porque el lugar donde estás es tierra santa”. - Deuteronomio 29:5 — “Tus *na'aleichem* (zapatos) no se han gastado en tus pies”. - Rut 4:7 — “Un hombre se quitó su *na'al* (zapato) y se lo dio a su prójimo…”

2. Términos griegos: ὑπόδημα (hupódēma) y σανδάλιον (sandalia)

**ὑπόδημα (hupódēma)**
- **Concordancia Strong:** G5266 - **Etimología:** De ὑπό (*hypo*, debajo) + δέω (*deō*, atar). - **Sentido literal:** “Lo que está atado bajo el pie”. - **Significado:** Término general para calzado: zapato, sandalia o bota. - **Ejemplo:** Lucas 3:16: “No soy digno de desatar la correa de sus *hupodēmata* (zapatos)”.

• **σανδάλιον (sandalion)** - **Concordancia de Strong:** G4547 - **Etimología:** Diminutivo de σανδάλιον (*sandalon*). - **Significado:** Un zapato o sandalia ligera, a menudo sujeta con correas. - **Ejemplo:** Marcos 6:9 — “Calzaos con *sandalia* (sandalias).”

3. Resumen comparativo

Idioma

Palabra

Transcripción

Significado literal

Rango de sentido

hebreo

 í

na'al

Cosa sujeta o encerrada

Zapato, sandalia, calzado

Griego

ὑπόδημα

hupódēma

Atado por debajo

Zapato, sandalia, bota

Griego

σανδάλιον

sandalia

Sandalia pequeña

Sandalia, zapato ligero

 

Reproducción/imagen de un ejemplar tipo calceus (detalle de museo). — shows a closed leather shoe with lacing typical of Roman calcei.


Calzado de protección y practicidad en el combate

Contrariamente a la imagen popular de los soldados con sandalias finas y frágiles, el calzado romano era altamente funcional y protector. Las caligae —botas militares— presentaban suelas gruesas de varias capas reforzadas con clavos de hierro que proporcionaban tracción y durabilidad. El calceus , un zapato cerrado de cuero, cubría todo el pie y el tobillo, ofreciendo una excelente protección tanto en entornos urbanos como militares. Incluso las sandalias más ligeras ( soleae ) tenían suelas reforzadas para uso en exteriores y podían usarse con calcetines de lana o vendajes para los pies en climas más fríos. Tales diseños hacían poco realista pensar que un simple pisotón o un corte en el pie pudieran incapacitar a un soldado. El calzado romano era, de hecho, el producto de una artesanía avanzada, adecuado para largas marchas, terrenos difíciles y combate cuerpo a cuerpo.


¿Sirvió descalzo el sumo sacerdote? Simbolismo y practicidad en el culto del antiguo Israel.

1. El mandato de quitarse las sandalias: un acto simbólico

Dos pasajes bien conocidos —Éxodo 3:5 y Josué 5:15— describen encuentros santos en los que Dios ordena a sus siervos quitarse las sandalias:

«No te acerques más —dijo Dios—. Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra santa» (Éxodo 3:5).

El comandante del ejército del SEÑOR le dijo a Josué: «Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás es santo». Y Josué así lo hizo. (Josué 5:15)

En ambos casos, quitarse el calzado es un gesto simbólico de reverencia y humildad, no un requisito ritual. El suelo se volvió «sagrado» solo por la presencia inmediata de Dios, no porque fuera inherentemente sagrado.

En hebreo, la frase “ʾadmat-qōdesh” (אדמת־קדשׁ) significa literalmente “tierra consagrada”, lo que implica una santificación temporal.

2. El Tabernáculo y la Presencia Divina

El Tabernáculo del Testimonio se construyó como representación del trono celestial (cf. Éxodo 25:40; Hebreos 8:5). Sin embargo, la Escritura deja claro que la gloria visible de YHWH no residía allí permanentemente:

«Entonces la nube cubrió la Tienda de Reunión, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo» (Éxodo 40:34-35).

Moisés no pudo entrar cuando la gloria lo llenó, lo que implicaba que la presencia manifiesta de Dios iba y venía según su voluntad. Por lo tanto, aunque el Arca, el Propiciatorio y los querubines representaban el trono de Dios, su presencia literal no estaba allí constantemente.

3. El silencio de las Escrituras sobre el calzado sacerdotal

Las vestimentas sacerdotales se describen meticulosamente en Éxodo 28-29, enumerando el efod, el pectoral, el manto, la túnica, el cinto, la mitra y la ropa interior de lino, pero no sandalias ni zapatos. Esta omisión ha llevado a diferentes interpretaciones:

1. Teoría literal de los pies descalzos: Algunos argumentan que los sacerdotes ministraban descalzos como señal de reverencia. Sin embargo, no hay ningún mandato en la Torá que requiera que los sacerdotes se quiten el calzado.

2. Omisión por razones prácticas: Otros sostienen que el calzado se usaba pero no se consagraba. Los zapatos, al estar en contacto con el polvo, eran funcionales en lugar de ceremoniales.

3. Equilibrio simbólico y pragmático: Servir descalzo en un lugar con sangre, cenizas y fuego sería poco práctico. Por lo tanto, los sacerdotes probablemente usaban zapatos limpios de cuero o lino que no se consideraban parte de las "vestiduras sagradas".

4. Paralelismos arqueológicos y culturales

Las representaciones de sacerdotes en el antiguo Cercano Oriente, especialmente egipcios y mesopotámicos, los muestran usando calzado ligero de cuero o lino dentro del recinto de los templos. Estos zapatos eran sencillos y limpios, reservados para funciones sagradas, pero no venerados. Dada la proximidad de Israel a Egipto, el calzado sacerdotal probablemente seguía patrones funcionales similares.

5. Implicaciones teológicas

El acto de quitarse las sandalias en Éxodo 3 y Josué 5 simbolizaba un encuentro directo con la presencia divina, no un requisito continuo. La santidad del tabernáculo era representativa, no una teofanía constante. Por lo tanto, la santidad sacerdotal provenía de la obediencia y la consagración, no de estar físicamente descalzo.

6. Conclusión

La evidencia de las Escrituras, la lógica y la historia respalda que el Sumo Sacerdote no servía descalzo. El mandato de quitarse las sandalias era simbólico y circunstancial, mientras que el servicio sacerdotal regular requería calzado práctico. La santidad en el culto israelita era una cuestión de santificación espiritual, no de exposición física: el sacerdote era santo porque estaba consagrado por Dios, no porque sus pies estuvieran descalzos sobre el suelo del santuario.

Calcei encontrados en Mainz (reconstrucción / fotos de los hallazgos): un modelo cerrado y con piezas superpuestas y cordones. Estos hallazgos demuestran variantes regionales en la confección del calzado romano.

Los hallazgos de Mainz y otros sitios del norte muestran calceus más cerrados y, en algunos casos, sin tachuelas, lo que indica variaciones técnicas y materiales según la región y la función.